Especie sensible. Ojos que todo lo ven

La forma de aprovechar la luz para recibir información acerca del entorno tiene que adaptarse a las circunstancias de cada uno: si se nace macho de la mosca de mayo y sólo se va a vivir un día, habrá que asegurarse de no perder de vista ni a las hembras que vuelen por encima de uno.

Y si se pertenece a una especie de pez apetitosa para las aves, mejor tener ojos dirigidos hacia arriba. Desde el otro lado de la historia, si naciste ratonero común, te alegrarás de contar con un millón de fotorreceptores por milímetro cuadrado de retina, que te permitirá detectar tu manjar favorito desde una altura de 4.500 m. Y si eres pingüino, tu córnea plana hará que veas con nitidez debajo del agua.

Muchas criaturas acuáticas recurren a un truco similar. Aprovechando que el agua es buen conductor, emiten pequeñas corrientes eléctricas, de menos de un voltio, con la ayuda de un grupo de células musculares o nerviosas que suelen estar en la cola. Esas corrientes regresan a unos electrorreceptores en el cuerpo del animal emisor que actúan como pequeños voltímetros.

Cualquier animal u objeto que se haya interpuesto en el periplo de la corriente la modificará, y su huella será detectada por ellos. Pero el fondo del mar alberga también otras sensaciones para las que los humanos somos no aptos.
Alberto Ferrús nos cuenta que los ojos de las langostas que migran cientos de kilómetros por el fondo del mar poseen unos receptores en el rango de los azules que les permiten discriminar hasta doce tonalidades distintas. Sin embargo, la mosca de la fruta no puede detectar la longitud de onda que nosotros llamamos rojo.

Dotación física

Para recolectar las diversas formas de energía que su sistema nervioso transformará en sensaciones, los animales han desarrollado todo un catálogo de órganos: la línea lateral de los peces detecta ligeras ondulaciones en el agua, y en algunas especies, impulsos eléctricos. El órgano vomeronasal de muchos vertebrados descifra feromonas, y los sensilios, pelos conectados a grupos de células nerviosas, sienten el movimiento.

¿Y qué cosita ves?

Ferrús apunta: “Los insectos constituyen el 80% de las especies vivas, y en su enorme diversidad está la gran variabilidad de sentidos. Las hormigas, por ejemplo, tienen un grupo de fotorreceptores en la parte del ojo que mira para arriba que les permite ver el vector de polarización de la luz”. La inclinación de este vector forma una carta de referencia permanente por la que se orientan para volver en línea recta al hormiguero, independientemente de la cantidad de vueltas que hayan dado desde que salieron de él.

También como un particular mapa de carreteras actúa el campo magnético terrestre, especialmente para especies que tienen que realizar largas migraciones.

Aunque aún no se ha definido cómo funciona su detección, experimentos realizados con palomas, tortugas y langostas demuestran que, si se altera artificialmente el entorno de estos animales, después son incapaces de regresar a sus lugares de origen.

Pero, según Ferrús, los mayores grados de especialización, desde el punto de vista químico, se encuentran en las feromonas. La identificación de estas sustancias químicas con que las hembras atraen a los machos es un alarde de sensibilidad olfativa, por otra parte lógica, ya que, añade: “Cuando se es medio ciego y, en lugar de fina piel, se posee un exoesqueleto, la única forma de identificar a la hembra de la propia especie es el olfato”.

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